Sobre la tristeza

Lamentablemente, la crisis -o nuestra incapacidad para salir de ella- nos lleva a encontrarnos a veces en situaciones de tristeza. Constatamos que hemos perdido algo que apreciábamos y valorabamos sinceramente; puede ser un trabajo, un compañero, un amigo que nos acompañó mucho tiempo y con el que compartimos sabores y sinsabores en nuestra vida profesional… y nos sentimos tristes.

Confieso que durante mucho tiempo me negué ¡qué ingenuo! a caer en la tristeza ante tales situaciones. Sentía, imbuido de un estúpido pragmatismo, que la tristeza no servía para nada, que era una emoción inútil e inoperante y procuraba llenar mi cabeza de pensamientos que ahogaran la tristeza, de proclamas acerca de lo mucho y positivo que se puede sacar de una situación de pérdida,.. acudía al viejo refrán de que cuando una puerta se cierra, otra se abre.

Ahora sé que la tristeza hay que aceptarla y vivirla, que es legítimo sentirla y que en absoluto es inútil. El duelo que acompaña la pérdida y que provoca la tristeza es un reconocimiento al valor que le damos al amigo que se fue, al compañero al que dejamos de ver. La tristeza llena nuestra mochila de experiencia y gratitud y entonces, solo entoces, nos posibilita levantar la vista y ver todo lo que aún nos queda por descubrir quedándonos en paz con nosotros mismos.

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